Los nuevos asuntos de nuestro tiempo

14 de junio de 2026

Al leer la reciente encíclica Magnifica Humanitas del papa León XIV, recordé mis años de formación en el Movimiento Estudiantil de Concientización (MEC). En aquella etapa de búsqueda intelectual, marcada por conversaciones memorables con el padre Arango, tuve la oportunidad de acercarme a la Rerum Novarum de León XIII, texto fundamental de la Doctrina Social de la Iglesia, así como a las obras de pensadores latinoamericanos como el padre jesuita Ricardo Antoncich, que ayudaron a traducir aquellos principios a la realidad de nuestra región.

Lo que más me impactó entonces fue descubrir que la Iglesia procuraba comprender los grandes cambios de la sociedad desde una pregunta esencial: ¿cómo preservar la dignidad de la persona humana en medio de profundas transformaciones económicas, tecnológicas y culturales?

Más de un siglo después, Magnifica Humanitas me provoca una reflexión similar. La nueva encíclica ha despertado un debate que trasciende el ámbito eclesial y convoca a académicos, tecnólogos, líderes políticos y medios de comunicación a abordar una de las cuestiones más relevantes de nuestro tiempo: el impacto de la inteligencia artificial y la digitalización sobre la vida humana.

Si León XIII escribió sobre los “nuevos asuntos” de la revolución industrial, León XIV nos invita a reflexionar sobre los nuevos asuntos de la revolución digital. Su reflexión encuentra eco en diversos pensadores contemporáneos. Entre ellos, Genís Roca ha descrito la inteligencia artificial como un cambio civilizatorio que obliga a repensar nuestras instituciones, nuestras relaciones sociales y nuestra propia comprensión de lo humano.

La encíclica evita dos posiciones que suelen aparecer frente a la innovación tecnológica. Por una parte, la visión que percibe toda innovación como una amenaza inevitable. Por otra, la que asume que todo avance tecnológico representa automáticamente un progreso humano.


La tecnología amplía nuestras capacidades de manera extraordinaria, pero también amplía nuestra responsabilidad.


Uno de los aportes más valiosos del documento es señalar que la digitalidad ya no puede entenderse únicamente como una herramienta. Durante siglos utilizamos instrumentos que ampliaban nuestras capacidades. Hoy convivimos con sistemas capaces de influir sobre nuestras preferencias, percepciones y decisiones. Por eso resulta cada vez más importante preservar espacios para la deliberación humana, el discernimiento ético y la responsabilidad personal.

Esta reflexión tiene una relevancia especial para quienes trabajamos en procesos de transformación institucional. Desde hace varios años hemos venido desarrollando, a través del concepto de I-Justicia, una visión de transformación digital centrada en las personas. Nuestro propósito es que la digitalización y el uso ético de la inteligencia artificial fortalezcan la capacidad humana de deliberar, decidir y servir mejor a la sociedad.


La innovación tiene sentido cuando fortalece la justicia, la confianza y la dignidad de las personas.


Pero la dignidad humana no depende de las capacidades que una persona posea, sino de su condición misma de ser humano. Como señala el Santo Padre, nuestra fragilidad forma parte esencial de nuestra humanidad y constituye una fuente permanente de empatía, solidaridad y sentido de comunidad. Ninguna inteligencia artificial, por avanzada que sea, puede sustituir plenamente la experiencia humana de amar, acompañar, sufrir, decidir o asumir responsabilidades frente a otros.

Por eso coincido con el papa León XIV en que la digitalización, incluida la transformación de la justicia, debe mantenerse orientada por principios profundamente humanos. La tecnología puede ampliar nuestras capacidades, pero corresponde a las personas definir el sentido de su utilización.

Cada generación está llamada a reconocer los nuevos asuntos de su tiempo. Las circunstancias cambian, los desafíos evolucionan y las herramientas se transforman. La responsabilidad de responder a ellos con sabiduría, humanidad y sentido del bien común permanece.


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