Hay vidas que nunca aparecen en los titulares, pero sostienen generaciones enteras. La de Miguel Cervante Roa Castillo fue una de ellas.
Nacido el 7 de abril de 1960 y fallecido el pasado lunes 25 de mayo, a los 66 años, don Cervante pertenecía a esa generación de hombres que entendía la vida como responsabilidad. De los que se levantaban con el trabajo en la cabeza, cumplían y amaban acompañando a los suyos, resolviendo problemas y estando presentes cuando hacía falta.
Mi suegro no era un hombre de grandes discursos ni protagonismos. Era serio, honesto y sobrio, más cómodo haciendo que explicando. Hablaba poco. Pero cuando un tema le apasionaba, se transformaba. Le interesaba profundamente la política y seguía con atención todo lo que ocurría en la República Dominicana. Aun viviendo fuera del país, se mantenía conectado a su tierra escuchando análisis, noticias y debates sobre la realidad nacional.
Y aunque no era particularmente expresivo, tenía una sonrisa genuina, tímida y serena, de esas que nacen más del corazón que de la costumbre.
Todavía puedo imaginarlo saliendo de su casa, con la lonchera que le preparaba doña Mayra (o “la licenciada”, como orgullosamente le llamaba) rumbo a otra jornada de trabajo. Aprendió joven que las cosas importantes se construyen trabajando.
Nació en San José de Ocoa, en una familia humilde y trabajadora. Fue uno de los hijos menores, mientras ayudaba a que sus hermanas y hermanos estudiaran y salieran adelante, él trabajaba.
Y quizás ahí habitaba una de sus mayores grandezas. Pertenecía a esa generación de dominicanos que muchas veces postergó sus propios sueños para abrirles camino a otros. Hombres que trabajaron para que sus hermanos estudiaran, para que sus hijos llegaran más lejos y para que sus familias tuvieran oportunidades que ellos nunca tuvieron. No hablaban demasiado de amor, sacrificio o dignidad. Simplemente vivían de acuerdo con esas palabras.
Era mecánico. Tenía una inteligencia natural y una extraordinaria capacidad para observar, comprender y reparar. Aprendió trabajando, resolviendo y tomando decisiones con firmeza. Como tantos hombres de su generación, su verdadera escuela fue la vida. Sus manos llevaban las marcas del trabajo duro, pero también la tranquilidad de quien sabía que estaba cumpliendo.
La amistad también ocupaba un lugar central en su vida. Para él, la amistad implicaba compromiso y lealtad. Ayudó a muchas personas desde su taller. Dio oportunidades de trabajo, impulsó a otros a crecer y, en más de una ocasión, comprometió incluso lo propio para tender la mano a quienes lo necesitaban.
Su gran proyecto de vida fue su familia. Tuvo un único matrimonio, contraído un 27 de febrero Día de la Independencia, con doña Mayra, a quien amó profundamente durante 42 años. Sus hijos (Yancarlo, Paola, Carli y Cristian) fueron el centro de su vida y la expresión más concreta de todos sus esfuerzos.
Lograron hacerse profesionales gracias al trabajo acumulado de años de disciplina y entrega familiar. Y quizás esa haya sido una de sus mayores victorias.
Porque hay personas que construyen edificios, negocios o fortunas. Pero hay otras que construyen generaciones. Don Cervante pertenecía a estas últimas.
Como tantos dominicanos de su tiempo, emigró a Estados Unidos buscando un cambio de vida y mayores oportunidades para su familia, aun cuando le iba bien en su país le hacía ilusión un cambio, no comodidad para sí mismo. Salía por la mañana , recorría largas distancias, regresaba tarde y trabajaba prácticamente todos los días. Los domingos reducía un poco el ritmo y acompañaba a doña Mayra a hacer las compras de la semana, en uno de esos gestos sencillos donde también habita el amor.
Como suegro fue igualmente generoso, sencillo y afectuoso a su manera. Su cariño no estaba en las grandes palabras, sino en la presencia, en el cuidado y en la responsabilidad cotidiana.
Tuvo tres nietos, a quienes quiso profundamente. Los dos mayores conocen hoy el dolor de la ausencia porque pudieron compartir con su abuelo y sentir ese cariño silencioso que ofrecía sin necesidad de grandes demostraciones. La más pequeña crecerá escuchando historias sobre él, reconstruyéndolo a través de fotografías, anécdotas y recuerdos compartidos.
Y quizás esa sea una de las formas más profundas de permanencia: seguir viviendo en la memoria afectiva de una familia.
Curiosamente, don Cervante casi no existe en internet. Y, sin embargo, existe profundamente en la vida de todos los que ayudó a levantar.
Vivimos tiempos donde pareciera que solo existe aquello que puede mostrarse, publicarse o medirse. Personas como él pertenecían a otro mundo. Un mundo donde el prestigio no venía de la exposición, sino de cumplir, sostener y estar presentes.
Hoy despedimos a Miguel Cervante Roa Castillo. Pero también despedimos un poco a una generación silenciosa que levantó familias enteras desde el sacrificio, la responsabilidad y la dignidad.
Porque los imprescindibles casi nunca hacen ruido. Están demasiado ocupados sosteniendo la vida de los demás.
PUBLICADO EN LISTÍN DIARIO
Don Miguel Cervante Roa Castillo: la dignidad silenciosa de una generación


