Aprendizajes que generan futuro

29 de junio de 2026

Hay experiencias que creemos haber dejado atrás con la juventud. Cambian los escenarios, las responsabilidades y las circunstancias, pero al mirar la vida en retrospectiva descubrimos que muchas de las convicciones que nos orientan nacieron en aquellos años en que comenzamos a descubrir quiénes éramos y qué clase de personas queríamos ser.

En mi caso, una de esas experiencias fue el Movimiento Estudiantil de Concientización (MEC), una organización creada para acompañar a una juventud inquieta, ávida de conocimiento y con el deseo de transformar la realidad.

Para entender lo que significó el MEC para mí es necesario remontarse a una historia anterior.

El padre Fernando de Arango, S.J., fundador y asesor del MEC, había sido antes asesor de la Juventud Obrera Católica (JOC), una de las experiencias más influyentes en la formación de líderes socialcristianos del siglo XX. Allí conoció a mi padre, quien participó activamente en ese movimiento y luego fue cofundador de la Confederación Autónoma de Sindicatos Cristianos (CASC), organización en la que el padre Arango también acompañó procesos de formación.


Décadas después, el mismo sacerdote que orientó a mi padre se convertió en mi acompañante espiritual. Con el tiempo comprendí que no fue una coincidencia, sino una continuidad entre generaciones.


El padre Fernando de Arango no solo fundó un movimiento estudiantil. Construyó una escuela de formación humana inspirada en la tradición de la JOC, enriquecida por la espiritualidad ignaciana y adaptada a la realidad dominicana. Su propósito era formar personas capaces de pensar con autonomía, asumir responsabilidades y comprometerse con la transformación de su entorno.

Por eso el MEC ponía tanto énfasis en la dignidad humana, el método de ver, juzgar y actuar, la formación a través de la acción, la corresponsabilidad y la no violencia activa como expresión de un compromiso con la transformación personal y social.

Con el tiempo comprendí que las enseñanzas más importantes no fueron ideológicas, sino humanas. Aprendí que toda transformación auténtica comienza por uno mismo; que el liderazgo consiste en servir a un propósito; que los problemas sociales se resuelven construyendo soluciones; que el diálogo es más fecundo que la imposición; y que las personas se comprometen cuando participan en la construcción de aquello que las afecta. Sobre todo, aprendí una convicción que sigue guiando mi manera de entender el servicio público: la realidad puede transformarse.


Muchos años después, al asumir responsabilidades en el sistema de justicia, entendí que aquellas lecciones simplemente habían encontrado un nuevo escenario.


La transformación institucional que hemos impulsado en el Poder Judicial no nació de una obsesión por la tecnología, los procesos o los indicadores. Nació de una convicción más profunda: las instituciones existen para servir a las personas y deben organizarse para proteger su dignidad.

La digitalización, la reducción de la mora judicial, la transparencia, el acceso a la justicia, la gestión basada en datos y la construcción de una visión de futuro para la justicia dominicana son instrumentos. El propósito siempre ha sido el mismo: mejorar la vida de las personas a las que sirve la institución.

Por eso sigo creyendo profundamente en la gestión participativa. Aprendí muy joven que las personas cuidan aquello que ayudan a construir. Esa convicción inspira las Mesas de Gestión Participativa que impulsamos en el Poder Judicial: espacios donde quienes sostienen diariamente la justicia participan también en la construcción de las soluciones.


Estas mesas permitirán avanzar hacia un presupuesto participativo, fortaleciendo la capacidad de los territorios para identificar prioridades y gestionar recursos que mejoren el servicio y la experiencia de los usuarios


Queda mucho por hacer para alcanzar la justicia que nuestro país merece. Sin embargo, estoy convencido de que avanzamos en la dirección correcta porque las instituciones no se transforman únicamente mediante reformas o tecnología. Se transforman cuando quienes las integran actúan desde convicciones profundas. Al mirar hacia atrás, confirmo que los aprendizajes que construyen futuro son aquellos que primero transforman a las personas. Solo desde esa transformación personal pueden evolucionar de manera sostenible las organizaciones, las políticas públicas y las instituciones.


PUBLICADO EN LISTÍN DIARIO

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