Apertura
Nos reunimos hoy en uno de los actos más significativos de la vida institucional del Poder Judicial: la juramentación de quienes ingresan formalmente al ejercicio de la abogacía.
Es un acto solemne de la República. En este momento, el Estado dominicano reconoce en ustedes la capacidad jurídica para ejercer una profesión que tiene una alta responsabilidad pública.
Porque el derecho, más que un instrumento técnico o una herramienta profesional, es una forma de organizar la convivencia.
Por eso esta juramentación va más allá del logro personal de quienes culminan una etapa de formación: reafirma el compromiso colectivo con el Estado de derecho.
Cada generación de abogados renueva, de alguna manera, la promesa de que los conflictos de una sociedad se resolverán conforme a la ley, dentro de los procedimientos establecidos y con respeto a la dignidad de las personas.
Ese es el sentido profundo de este acto.
Hoy la República les confía una responsabilidad: participar, desde su oficio, en la construcción cotidiana del sistema de justicia.
Por eso, este momento no es sólo una celebración académica. Es también un recordatorio de la dimensión ética de la profesión jurídica.
Y hoy adquiere un significado particular, porque esta juramentación la dedicamos a la memoria de Juan Manuel Guerrero, uno de los juristas más respetados y queridos de la República Dominicana.
El legado de Juan Manuel Guerrero
La vida profesional de Juan Manuel Guerrero tiene una singularidad que resulta especialmente elocuente para un acto como este.
Pocas trayectorias permiten comprender el sistema de justicia desde tantos lugares distintos y con tanto peso en cada uno de ellos.
Juan Manuel Guerrero conoció el derecho desde casi todos los roles posibles dentro del sistema.
Fue estudiante, defensor, miembro del Ministerio Público, profesor universitario, juez y abogado en ejercicio. No se trata de un simple recorrido profesional, sino de una experiencia institucional extraordinaria.
Porque le permitió observar el sistema de justicia desde cada una de sus funciones.
Como abogado comprendió el valor de las garantías y la importancia de proteger los derechos de quienes enfrentan el poder punitivo del Estado.
Desde el Ministerio Público conoció la responsabilidad que implica ejercer la acción pública con objetividad y sentido institucional.
Como juez asumió el deber de decidir con independencia, con prudencia y con respeto a las reglas del proceso.
Desde la academia formó generaciones de juristas y transmitió una visión reflexiva del derecho. Una que ahora tenemos el compromiso de honrar, y sus discípulos de reproducir.
Por eso puede decirse que Juan Manuel Guerrero fue un jurista completo, que recorrió el sistema de justicia en toda su complejidad.
Su trayectoria le permitió comprender algo esencial: la justicia no es obra de un solo actor, sino el resultado de un equilibrio institucional entre funciones distintas, responsabilidades diferenciadas y deberes éticos que se complementan.
Su vida nos recuerda que la justicia funciona cuando cada actor comprende y ejerce su rol, respetando el rol de los demás.
Un equilibrio necesario para el sistema
El proceso judicial es una de las construcciones más valiosas del Estado de derecho.
En él, cada actor cumple una función distinta y muy necesaria: el juez decide, el Ministerio Público acusa y el abogado defiende.
Este equilibrio institucional es una de las garantías más importantes de la justicia. Porque impide que una sola voz se apropie del proceso.
Permite que las decisiones judiciales surjan del contraste de argumentos, del examen de pruebas y del respeto a las reglas establecidas.
Pero ese equilibrio es frágil. Funciona solo cuando cada actor comprende sus límites. De lo contrario, el proceso se convierte en un espacio de confrontación particular y no de solución de conflictos sociales.
La justicia solo puede ser legitima cuando cada actor asume su rol y actúa dentro de las reglas del debido proceso.
La importancia de la integridad
Sabemos que el sistema de justicia necesita buenas leyes, procedimientos claros e instituciones fuertes. Pero nada de eso es suficiente sin la integridad de sus actores. Integridad que debe abarcar los aspectos: jurídico, técnico y ético.
Por eso, el ejercicio del derecho exige ciertas virtudes que no aparecen escritas en la ley, pero que, cuando son respetadas por los actores, sostienen el funcionamiento de la justicia.
Podríamos resumirlas en tres: prudencia, método y carácter.
Prudencia, para comprender que detrás de cada expediente hay personas reales, conflictos humanos y decisiones que pueden alterar sus vidas.
Método, para actuar conforme a las reglas del derecho, a las pruebas y a las garantías del proceso.
Y carácter, para resistir presiones, prejuicios o tentaciones que puedan apartarnos del deber jurídico y de la integridad.
Estas tres virtudes deben permanecer en equilibrio.
La prudencia sin método puede conducir a la improvisación.
El método sin carácter puede convertir la justicia en una práctica mecánica y distante.
Y el carácter sin prudencia puede derivar en decisiones impulsivas o arbitrarias.
La justicia debe mantener ese equilibrio. Porque su fortaleza no está en la severidad de sus decisiones, sino en la integridad de quienes las toman y la imparcialidad con que las aplican.
A quienes hoy se juramentan quisiera decirles con claridad, que el ejercicio del Derecho es una profesión exigente. Exige conocimiento técnico, disciplina intelectual y capacidad de argumentación.
Pero, sobre todo,exige carácter.
El prestigio de un abogado no se construye solo con éxitos procesales o con notoriedad pública. Se construye con reputación. Y la reputación se construye con una conducta recta.
Cada escrito que presentan, cada argumento que formulan, cada actuación que realizan contribuye a fortalecer o a debilitar la confianza en la justicia.
Por eso la toga es más que un símbolo profesional: Es una responsabilidad frente a sus clientes.
Una responsabilidad frente a los tribunales.
Y una responsabilidad frente a la sociedad.
Conviene recordar, entonces, una verdad sencilla: un sistema judicial no se debilita por falta de leyes, sino por falta de integridad.
Las leyes pueden reformarse. Los procedimientos pueden perfeccionarse. Las instituciones pueden modernizarse. Pero la confianza en la justicia depende, en última instancia, de la conducta de quienes ejercen el derecho.
En toda democracia, las decisiones judiciales están sujetas a escrutinio. Deben ser analizadas y discutidas. Cuando corresponda, serán también cuestionadas. Esa crítica jurídica fortalece el sistema.
Ahora bien, cuando el debate abandona el terreno del derecho y se desplaza hacia la descalificación personal o el ataque infundado deja de aportar y comienza a debilitar la justicia.
Por eso, la ética del abogado exige defender con firmeza, pero siempre dentro del respeto al proceso, a las reglas y a los demás actores que lo integran.
La independencia judicial, lejos de ser un privilegio de los jueces es una garantía para cada ciudadano y para el Estado.
Y esa garantía se sostiene no solo en normas, sino en el comportamiento de quienes participan en el proceso. Cuando los actores procesales comprenden su rol y actúan con integridad, el sistema se fortalece.
Cuando se confunden los roles o se sustituye el argumento por la presión, se debilita. Por eso, la ética de la profesión jurídica no es un accesorio: es una condición para que la justicia funcione.
Justicia en transformación
La República Dominicana vive hoy un importante proceso de transformación de su sistema de justicia, orientado a hacerlo más eficiente, más accesible, más transparente y más confiable.
Reducimos la mora judicial. Impulsamos la digitalización de los servicios. Fortalecimos la transparencia institucional. Y desarrollamos una visión de largo plazo a través del Plan Justicia del Futuro 2034.
Pero esa transformación no depende solo de reformas institucionales; depende también de la conducta de quienes participan en el sistema, día tras día.
Por eso la memoria de Juan Manuel Guerrero resulta particularmente significativa. Su vida fue la de un jurista que entendió el Derecho como una responsabilidad pública: ejerció cada rol con seriedad, con respeto al proceso y a sus pares, e independencia de presiones externas.
Honrar su memoria es recordar que la justicia no depende solo de las leyes, sino de la ética de quienes las aplican.
CIERRE:
Distinguidas abogadas y abogados:
Hoy no reciben solamente una autorización para ejercer una profesión. Reciben, sobre todo, una confianza pública.
Desde este momento, cada palabra que digan en un tribunal, cada escrito que firmen y cada causa que asuman, hablará no solo de su competencia, sino también de su integridad.
Por eso, la mejor manera de honrar hoy a Juan Manuel Guerrero no es solo recordarlo, sino imitarlo en lo esencial: en el respeto por el Derecho, en la seriedad con que asumió cada rol, y en la convicción de que ejercer la abogacía es una forma de servir.
Ojalá que, con el paso de los años, cuando se hable de ustedes, pueda decirse que honraron la toga con estudio, con carácter y con decencia; que entendieron que el prestigio no se hereda ni se proclama, sino que se construye con rectitud.
Porque, al final, ser abogado no es solo conocer la ley. Es ponerse al servicio de la justicia, de la dignidad de las personas y de la confianza de toda una sociedad.
Les felicito por este paso trascendental. Y les deseo una vida profesional a la altura del juramento que hoy han hecho.
Y por último les digo… La investidura la reciben en este acto;
pero el honor de llevarla, deben ganarlo todos los días.
Muchas gracias.


