Hay momentos que invitan a detenerse y mirar con perspectiva lo que estamos construyendo como institución y como sociedad. La entrega del Premio Mujeres del Poder Judicial 2026, celebrada el pasado 9 de marzo con motivo del Día Internacional de la Mujer, fue uno de esos momentos.
Mientras escuchaba las historias de servicio de las galardonadas, pensaba en algo que trasciende la ceremonia: las instituciones cambian cuando cambia la sociedad que las rodea, pero también cuando cambian las personas que las integran.
La República Dominicana ha vivido en las últimas décadas un proceso profundo de transformación. Hemos ampliado derechos, fortalecido instituciones democráticas y abierto espacios de participación que antes parecían lejanos. Es cierto que ese proceso no ha sido automático ni perfecto, pero ha marcado una dirección clara.
Hoy la sociedad dominicana exige instituciones más transparentes, más profesionales y más representativas de la diversidad que compone el país.
En lo personal, esa transformación del país también ha cambiado mi propia manera de mirar el futuro. Desde que nació mi hija, pienso la República Dominicana con otros ojos. Cuando uno tiene una hija, la pregunta por la igualdad deja de ser abstracta y se vuelve profundamente concreta. Uno empieza a preguntarse qué tipo de país heredarán las nuevas generaciones y qué responsabilidad tenemos hoy en construirlo. Quiero que ella crezca en una sociedad más justa, con instituciones sólidas y con las mismas oportunidades para las mujeres que para los hombres, donde el talento y el compromiso sean siempre más importantes que cualquier estigma.
Por eso, me gusta pensar que las reformas que impulsamos en el Poder Judicial responden a esa misma dinámica democrática. Modernizar la justicia no significa solo mejorar procedimientos o incorporar tecnología; también implica ampliar oportunidades dentro de la institución.
En ese contexto adquiere un significado especial el Premio Mujeres del Poder Judicial, instaurado por el Consejo del Poder Judicial para reconocer la excelencia, el compromiso y el mérito de juezas y servidoras judiciales.
Durante esta segunda edición 30 mujeres fueron reconocidas por su labor en distintos ámbitos del sistema: el servicio jurisdiccional, la gestión administrativa judicial, el apoyo institucional y el aporte al acervo jurídico del país. Pero más allá de las categorías formales, lo que la ceremonia puso en evidencia fue algo más profundo: la transformación silenciosa que muchas mujeres han impulsado dentro de la justicia dominicana.
Por eso afirmé durante el acto algo que considero evidente para cualquiera que observe la vida diaria de nuestra institución: la mujer es el corazón del Poder Judicial. Hoy las mujeres representan el 64 % de la fuerza laboral y su presencia se extiende a todos los niveles del sistema, desde los tribunales hasta las áreas administrativas que hacen posible el funcionamiento de la justicia.
Ese liderazgo femenino no apareció de la noche a la mañana. Es el resultado de décadas de esfuerzo, formación profesional y perseverancia frente a barreras que durante mucho tiempo limitaron el acceso de las mujeres a determinados espacios institucionales.
Todas las mujeres reconocidas en esta edición han construido sus carreras con disciplina, mérito y una profunda vocación de servicio público.
Mientras escuchaba los nombres de las premiadas pensaba precisamente en eso. Cada una de esas trayectorias representa algo más que un logro individual. Detrás de cada nombre hay años de estudio, decisiones difíciles, servicio cotidiano y compromiso con la justicia. Y también hay algo más: cada mujer que avanza dentro de una institución pública abre camino para otras, amplía horizontes y demuestra, con hechos, que la excelencia no tiene género.
La ceremonia permitió reconocer esa diversidad de aportes que sostienen la vida institucional del Poder Judicial. Desde los tribunales hasta las áreas administrativas, desde la gestión diaria hasta el desarrollo del pensamiento jurídico, la justicia se construye gracias al trabajo de muchas personas cuya dedicación no siempre es visible, pero cuya contribución resulta indispensable para que el sistema funcione con integridad y calidad.
Al mismo tiempo, estos reconocimientos nos recordaron que las instituciones no se construyen sólo con normas o estructuras. Se construyen con personas y con la memoria de quienes han dedicado su vida al servicio público.
Cada generación recibe un legado y tiene la responsabilidad de ampliarlo, fortalecerlo y transmitirlo a quienes vendrán después.
Al final de la jornada regresé a una idea sencilla. Los premios tienen verdadero sentido cuando proyectan el futuro. Y el mensaje que queremos transmitir desde el Poder Judicial es claro: el mérito, la excelencia y la igualdad de oportunidades deben ser principios reales dentro de nuestras instituciones.
Esto implica asegurar la participación plena de las mujeres en los espacios donde se toman decisiones que orientan el rumbo de la justicia dominicana. No se trata de cumplir cuotas ni de aparentar equidad. Se trata de garantizar que el talento tenga espacio para florecer.
En realidad, el lema de esta segunda edición lo resume bien: “Mujeres que florecen y transforman su entorno”.
Y cuando eso ocurre dentro de nuestras instituciones ocurre también algo mayor.
Florece la justicia. Y con ella, florece la democracia.









